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Foto: Télam

Cuando en mayo pasado recibió la llamada desde la Conadi se le encendió por primera vez una llama de pregunta: su certificado de nacimiento fijaba el parto en Wilde, Avellaneda, y él se había criado en Olivos, Vicente López. Sin saberlo, creció y fue al colegio en el mismo partido del conurbano norte donde, 40 años antes, sus padres eran secuestrados, torturados y desaparecidos.

Maximiliano, el nieto recuperado 121, hijo de los militantes del PRT Ana María Lanzilotto y Domingo Menna, habló ayer por primera vez con algunos medios y contó cómo fue que, después de ese llamado y de la confirmación tras el análisis el ADN que se conoció hace apenas dos semanas, fue encendiendo cada una de esas preguntas que nunca antes se había hecho.

“Conocer la verdad sobre mi identidad es algo que no cambiaría por nada”, dijo ayer, en diálogo con Télam. “Me siento identificado con el compromiso de mis padres por el bien de los demás y, a medida que conozco la historia de los dos, y veo cómo fue su vida, me doy cuenta de que yo también, como ellos, trabajo por la suerte de los demás como médico de familia. Equivocados o no, tenían un compromiso con una idea que entendían que estaba bien”, explicó Maximiliano al analizar la militancia de sus padres.

Sin saberlo, y a pesar de lo dibujado en su partida de nacimiento, fue en Vicente López también, más precisamente en Villa Martelli, donde vivían sus padres cuando fueron secuestrados el 19 de julio de 1976. Ella, su mamá, lo llevaba en su panza hacía ocho meses.

Maximiliano contó que hasta ese llamado nunca dudó de su identidad y que tampoco sabía que era adoptado. Pero que desde el 3 de octubre pasado, cuando recibió el segundo llamado con la confirmación, mucho de su vida lo “interpreta de manera distinta”, según rememoró en una entrevista con Página/12. “Recuerdos, imágenes, elecciones y deseos que hoy tienen un nuevo significado”, señaló.

Ana María Lanzilotto y Domingo Menna con Ramiro, su primer hijo y hermano de Maximiliano.
Ana María Lanzilotto y Domingo Menna con Ramiro, su primer hijo y hermano de Maximiliano.

“El impacto de la llamada me paralizó por un rato porque jamás tuve dudas sobre mi identidad ya que mis padres nunca me habían dicho nada. Se me mezclaron ideas, historias, me dí cuenta de que no tenía fotografías de mi mamá (de crianza) cuando estaba embarazada y, después de un rato, reaccioné y lo primero que hice fue hablar con ella”, repasó en la entrevista con Télam.

Maximiliano fue anotado como hijo propio del matrimonio que lo crió, el 24 de agosto de 1976, cuando fue entregado en una clínica de Wilde por una partera que se encargaba de entregar a hijos de mujeres secuestradas por la dictadura cívico-militar. La firma de esa partera, Juana Franicevich, en su partida de nacimiento fue, precisamente, el dato con el que la Conadi llamó a Maximiliano. 

Maximiliano relató también que a su madre adoptiva “se le pusieron los ojos rojos”. “Me contó que no podía quedar embarazada y que le pasan el dato de una clínica de Wilde donde se anotaban matrimonios para recibir bebés abandonados”, relató, y agregó que según su mamá, el 24 de agosto fueron llamados, avisados de que había nacido un varón de una chica de 15 años que lo había abandonado y que fue entregado aún con el cordón umbilical sin cortar.

Hasta el 3 de octubre, Maximiliano tenía información de la existencia de Abuelas, de su búsqueda y se entusiasmaba cada vez que aparecía un nieto. Ahora siente “enorme gratitud” por el “cuidado y la calidez” con que la institución que preside Estela de Carlotto lo contuvo, de la misma manera que reconoce “el respeto” que le brindó la Conadi con cada paso dado en busca de la verdad.

“Una parte de mí empezó a moverse con mucha fuerza pero sin dolor: habiendo nacido en la situación en que nací (en cautiverio), Dios me permitió que naciera, tuve una familia que decidió cuidarme y una familia que me buscó 40 años”, explicó.

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