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Foto: Guillermo Pardo

A principios de la década del setenta, las cientos de familias que vivían en las siete manzanas de la villa Uruguay -en Beccar, San Isidro- sólo tenían cuatro canillas. Todos los días, se formaban colas de varias horas para llenar un par de baldes con agua. Ante la inacción gubernamental y en un momento de militancia política en auge, los vecinos comenzaron a organizarse para tender su propia red de cañerías. Cavaban los túneles de noche, para atravesar la villa y llegar hasta el caño maestro, en San Fernando. Después hubo que hacer fiestas y vender rifas para que cada familia pudiera juntar plata para comprar sus cañerías. “No éramos dirigentes, éramos vecinos. Pero eso era un laburo militante”, cuentan Leonardo “Bichi” Martínez y Alfredo “Mantecol” Ayala. Criados en villas de Beccar, militantes en los setenta, detenidos-desaparecidos en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), sobrevivientes y otra vez militantes en los pasillos de los barrios Sauce y Uruguay.

Esta charla entre mate y mate se daba el año pasado, para esta misma fecha, cuando se conmemoraba por primera vez el Día Nacional de la Identidad Villera. Doce meses después, la historia de memoria y militancia villera que comparten Bichi y Mantecol sigue siendo la misma. Pero el contexto, no. “Ahora que todos están hablando de la inseguridad, siempre le tiran la pelota a la gente de la villa. El Gobierno parece que está para retarnos. La gente acá está cansada de que le tiren todo el fardo por ser pobre. Siempre somos los culpables de todo”, se queja Mantecol, en diálogo con El Argentino ZN, mientras se prepara para las actividades por el Día del Villero en el barrio, donde se leerá un documento con las principales reivindicaciones que emergen desde los pasillos. Por estos días, los reclamos pasan por las viviendas inconclusas, los cortes de luz, los aumentos.

La fecha en homenaje a los villeros se instauró por ley en 2014, en homenaje al cura villero Carlos Mugica, nacido un 7 de octubre. “Acordarse de la villa es acordarse de luchas, de sacrificios, de compañeros y vecinos que apostaron desde siempre a cambiar un poco la realidad. Tener un día donde podés acordarte de eso es espectacular”, dice Mantecol desde la Unidad Básica Néstor Kirchner, en la misma villa Uruguay donde vive. Bichi creció en el barrio Sauce, a pocas cuadras. Antes que compañeros de militancia, fueron amigos: compartieron las clases en la Escuela 33 y los ensayos de la murga Los dandis de Victoria, en los sesenta. En la década siguiente, cada uno militó en la unidad básica de su barrio hasta que confluyeron en el Movimiento Villero Peronista. “Desde entonces dependíamos de nosotros mismos, con los fundamentos de laburar con los problemas básicos de los barrios. Que eran los mismos que sigue habiendo hoy: educación, salud, vivienda, luz, agua”, enumera Bichi.

En los pasillos de Uruguay y Sauce, como en tantas otras villas, el golpe de 1976 recrudeció prácticas ya conocidas. “La villa siempre estuvo acostumbrada al patoteo de las fuerzas. La Policía hacía razias: vos estabas en la vereda, te llevaban y te molían a golpes y te largaban cuando se les cantaba. Eso era una constante, siempre fue igual -dice Bichi- Pero después el Ejército empezó a entrar casa por casa”. Conocedores de los mapas de sus barrios, lograron evadir varias persecuciones hasta que ambos fueron secuestrados, en septiembre de 1977, con pocos días de diferencia. Detenidos ilegalmente hasta 1980, fueron sometidos a un régimen de trabajo esclavo y llevados al centro clandestino que funcionó en la isla El Silencio, en el delta, tal como ambos contaron al declarar en la Megacausa ESMA.

“Cuando me largan (los represores) me dicen que no vuelva al barrio. Pero no me quedaba otra”, cuenta Bichi. Mantecol regresó a la militancia a mediados de los ochenta y convenció a Bichi para que hiciera lo mismo. “Con el golpe, el mayor éxito de ellos fue concentrar a la gente para adentro. El individualismo y el miedo”, sentencia. “Después de más de 30 años de romper, armar de vuelta un tejido social cuesta. Es lo que estamos tratando de hacer todos los que trabajamos en los barrios”, completa Bichi, quien vuelca gran parte de su militancia a través de la biblioteca del barrio Sauce, donde además retomó los estudios y terminó el secundario en junio del año pasado, con un bachillerato social.

Mantecol piensa que “la historia de las villas está mal conocida. Se conoce un barrio cuando hay una violación o algo así, pero experiencias organizativas, barriales, no las cuenta nadie”. Bichi recuerda que se acercó a la política cuando Melchor Posse, padre del actual intendente, hacía su primera campaña.  “Las villas están desde antes que San Isidro sea lo que es hoy. Era todo campo y lo único que había eran villas. Los que hicieron los caminos, los que hicieron posible que el padre de él sea intendente, fueron las villas. Es contradictorio el pensar de ellos, que quieren desplazarlas”, concluye.

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