Compartir
Tito y su familia consiguieron 2 lanchas Tracker para llevar las donaciones desde Tigre. Foto: Hernán Vitenberg

Por Hernán Vitenberg*

Que frió que venía haciendo esos días, me pasaba siempre que me confundía y salía muy abrigado. El problema es que vivo en un sexto piso antiguo, de noche tengo que prender la estufa del baño, el horno y una eléctrica para no congelarme. Al día siguiente, con los vidrios empañados de la lluvia o de la humedad, bajaba seguro con mi campera, abría la puerta de calle y me encontraba con esa nueva realidad, más real que la anterior. Es que en capital es todo muy confuso.

Había leído mucho antes de esto, que en Villa Paranacito la estaban pasando mal, que esas mismas lluvias habían castigado a todo el litoral. Escuché, entre toda la gente con la que hablé, que las inundaciones son producto de la naturaleza misma. Que todo está bajo agua porque dios así lo quiso. Que cada 7 años pasa lo mismo. Que la gente que más tiene hace diques para no inundarse y así inunda a sus vecinos que menos tienen. Que en Brasil llovió más que acá y que Yaciretá no pudo abrir una compuerta por la presión, pero que hace no mucho la abrieron. Nadie me nombró el monocultivo.

Hace tiempo vengo pensando en las causas de estas crecidas tan fuertes y llegué a la conclusión de que puede ser un poco de todo. Pero como soy de confundirme, trato de conocer desde la experiencia. Entonces me fui a Villa Paranacito.

Foto: Hernán Vitenberg
Foto: Hernán Vitenberg

Creo firmemente que es rol del Estado ocuparse de estas crisis y analizar las causas, pero evidentemente hay intereses que no lo permiten, y a veces, en determinados lugares, el Estado está, pero no da abasto. Me pareció entonces una buena decisión juntar donaciones entre mis conocidos y empezar a contactar a gente que tenía experiencia en ayudar. Y así, hace un mes, me fui por primera vez con unas personas a repartir comida y artículos de limpieza a la zona de islas en la Villa.

Entendí que es una problemática a largo plazo y entonces volví a juntar cosas y así conocí a otras personas sensibles con ganas de llevar más cosas. El tema es que cuando surge esa energía, viene seguida de la razón, y entonces aparece esa complejidad de trasladar muchos kilos de mercadería a un lugar inundado a 180 km.

Tito trabaja en el Club Náutico de San Isidro, ahora vive en el continente, pero se crió en en el Arrollo Brazo Chico de Villa Paranacito. Hace una semana lo ubiqué escribiéndole a todo el que había conocido la primera vez que fui para allá. Después de unos días de incertidumbre aparecieron todas las personas tan necesariamente humanas, que me ayudaron a entregar todo lo que con mi vieja Delia habíamos juntado y clasificado.

Mi cuñado Marcelo tiene 3 hijas que lleva al colegio todos los días y después entra a laburar. También leyó en una publicación que se había caído la posibilidad de llevar todo con unas personas que tienen una interpretación de la ayuda basada en el ego. Había conseguido que Tito me lleve con las cosas desde la estación fluvial de Tigre hasta la Villa, pero me faltaba ir de Almagro a Tigre a la 6 de la mañana. Entonces Marcelo, pese a no tener casi tiempo, organizó todo y me llevó. Tito nos esperaba con sus sobrinos Mariano y otro Marcelo. Me contaron que íbamos a salir con una lancha que había prestado la Interisleña pero que a último momento se echaron para atrás, por alguna extraña razón emparentada al dinero, entonces Tito y su familia consiguieron 2 lanchas Tracker que gastaron mucha nafta para llegar allá; pusieron de su bolsillo más de 3500 pesos para hacer 360 km por agua en las lanchas, pero también pusieron muchísimas donaciones.

En el viaje, Mariano y Marcelo me contaron que eran de allá, pero que se habían ido porque no había en qué trabajar. Ellos son trabajadores del cerro, un cerro que ahora no está. Toda la familia es de allá, de un lugar ubicado a una hora de Villa Paranacito. Cuando estábamos llegando vi cómo sus caras se angustiaban. La mayoría de la gente del arroyo Brazo Chico se había ido, pero la Escuela N° 5 Martín Miguel Güemes aún seguía funcionando para los 10 chicos que seguían habitando la zona.

Foto: Hernán Vitenberg
Foto: Hernán Vitenberg

Tito se tomó unos mates con la directora de la escuela y, cerca de los 2 de la tarde, emprendieron la vuelta. Por suerte, la gente de la lancha escolar iba hasta Villa Paranacito, así que me subí y continuamos viaje. Sentado afuera, mientras fotografiaba las casas tapadas hasta la mitad de las ventanas, me puse a hablar con el ayudante del conductor: me contó que la mayoría de la gente de islas estaba sin laburo y que por eso es tan importante la ayuda de afuera, porque, por ejemplo, no hay manera de comprar nafta para moverse al pueblo.

Los trabajos más comunes en zona de islas van desde los pescadores, encargados de quintas, cortadores y bordadores. Este último oficio consiste en cortar sauces y álamos durante todo el día y arrastrar cada tronco hasta la orilla, donde se van apilando para su posterior venta. Se paga $200 por tonelada y una persona fuerte puede hacer cerca de 10 toneladas por día, que representa un promedio de dos mil pesos por día. El problema es que no siempre hay trabajo, y ahora menos. Con eso vive un isleño y su familia.

Foto: Hernán Vitenberg
Foto: Hernán Vitenberg

La municipalidad, me decía él, trata de ayudar, pero no alcanza y no es pareja en su distribución: “Vienen una vez al mes a dar un refuerzo: un aceite, un paquete de azúcar, otro de harina”. También hablamos de las causas de las inundaciones y me contó que había un proyecto bastante lógico para solucionar la cronicidad del problema, pero que es muy costoso y por eso había quedado en la nada: como en otros lugares del mundo, ayudaría muchísimo hacer un canal de desagote. La gente con más poder adquisitivo que tenía animales tuvo que vender a un precio casi de oferta de supermercado o llevar todo a zonas más altas, como al Río Carabelas. Le conté que había estado leyendo en grupos de Facebook de la zona que había gente que iba a buscar las donaciones a la ruta, donaciones de personas que se acercaban con mucho esfuerzo a ayudar, y que después vendían en otros lados. Me dijo que sí, que era cierto, y entonces me dio un par de nombres.

Yo escuché muchas cosas, leí otras tantas sobre la municipalidad, lo que hacen y lo que no hacen. Pero tengo la tendencia de querer ver con mis ojos antes de hablar, me baso en mi experiencia. Cuando llegamos al pueblo me esperaba Giselle de la Municipalidad, con ella había estado hablando desde la primera vez y siempre me dio una mano en todo lo que pudo, me consiguió un lugar para dormir en la carpa de la Infantería de la Marina, que para mí fue lo más parecido a haber hecho la colimba.

Creo firmemente también en la necesidad de observarse uno antes de observar a los demás, en mirar los prejuicios internos y en este caso simplemente conocí a unos pibes con buen corazón que eligieron ser marinos, algo que yo nunca haría, pero ellos sí.

Foto: Hernán Vitenberg
Foto: Hernán Vitenberg

Los marinos podrían ser un capítulo aparte, actualmente en Argentina existen 5 batallones de Infantería, son pibes de 20 años que buscan una salida laboral y tienen ganas de ayudar, no de ir a la guerra. El sueldo más bajo es de 5 mil pesos aproximadamente y estaban en Villa Paranacito cocinando para los evacuados, repartiendo comida, haciendo tareas sanitarias. El batallón 3 de Zárate estaba comandado por un pibe de 30 años de apellido Coronel. Comí con ellos y charlé mucho, me trataron muy bien y me contaron todo lo que hace la Infantería de Marina y que está medio olvidada y bastardeada. La infantería está afectada a zonas de crisis humanitarias, tanto en la Argentina como en coordinación con los cascos azules en Ghana y anteriormente en Haití.

Ya en el Pueblo me dediqué a caminar lo más que pude, fui a al barrio Colorado, que estaba cerca y completamente bajo agua. El municipio construyó un dique que rodeó todo el perímetro del pueblo para salvar la situación, pero en este barrio el agua rebalsó. Por eso la gente que no cuenta con embarcación propia se toman unos botes taxi gratuitos. Los boteros son dos: Daiane, un pibe con mucha energía que rema sin parar buscando a la gente en las puertas de sus casas y ayuda a cada uno a subir; y Parapan, un señor un poco mayor que rema desde la una hasta las ocho de la noche por $3000 pesos al mes, un sueldo que les paga la Municipalidad.

Es verdad lo que había leído, se parece a Venecia ahora y ante la tristeza de la situación lo que más me sorprendió fue la actitud de los isleños, porque esto es clave para la supervivencia: aunque están acostumbrados al agua, les resulta difícil vivir en estas condiciones. A pesar de todo, no pierden el optimismo. “Ya va a bajar”.

Foto: Hernán Vitenberg
Foto: Hernán Vitenberg

Hasta último momento se quedan en sus casas. Sólo cuando la situación es muy grave se autoevacuan a la casa de un familiar o, en el caso de no tener esa posibilidad, la Municipalidad construye unas casillas temporales para que puedan vivir en zonas secas. También hay un complejo para evacuados en el medio del pueblo, al lado de las canchitas de futbol. Ahí conocí a Ailén Olmos. Ella para allí con sus hijas junto a mucha otra gente. Están hace 20 días con muchísimo frío por las noches, pero Ailén no pierde la sonrisa. Me presenta a una amiga que tiene como mascotas a una nutria y a un carpincho en su casa, así que vamos a conocerlos. Son bichos domésticos ahora, juegan y duermen con sus niños como perritos, es que las costumbres cambian de pueblo a pueblo…

Vuelo al campamento donde me esperan los muchachos con un guiso y me ofrecen una catrera y una frazada para que no pase tanto frío. Coordino con ellos mi vuelta al día siguiente. Partimos en lancha hacia la ruta y en camión hasta Zárate, en donde me tomo el ex Chevalier hasta Plaza Once. Antes de bajar le pregunto al chofer si para en Av.Corrientes y me contesta todo nervioso que no, que para en Valentín Gómez, una cuadra más. Al lado mío viajaba un matrimonio de señores mayores de Campana, asombrados por el ruido de la gran ciudad, nos pusimos a hablar y a comparar dos paisajes bien distintos al lado del chofer hastiado de su vida. Y entonces, en un gesto de repentina buena voluntad, me abre la puerta para que pueda bajar en Corrientes. Cargo mi mochila y me hundo en el mar de gente camino al subte línea B para reencontrarme con mi no tan jodida cotidianidad.

* Un lector solidario que hizo llegar su crónica a El Argentino ZN

Dejar una respuesta