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A) Ignacio Hurban está agotado. Son vacaciones de invierno. Llega a un departamento en Buenos Aires después de haber estado una semana en Villa Ocampo, en San Fernando. Celeste, su mujer, viajó de Olavarría a la capital para estar unos días de vacaciones con él.
Se acuestan. A punto de dormirse, Ignacio le confiesa algo que nunca jamás hasta ese momento había verbalizado.

-Che, me parece que soy adoptado.

Ignacio se duerme enseguida. Está conmovido tras haber pasado unos días en un ciclo de “Músicos por la identidad”, coordinado por el maestro Juan Raffo. Después de cada jornada de clases de música, llegaba el momento de las charlas y encuentros con nietos restituidos y referentes de Abuelas de Plaza de Mayo. Lo conmovió sobre todo una historia. La de Francisco Madariaga, el nieto 101, hijo del secretario de Abuelas, Abel Madariaga. Ignacio no sabe bien por qué razón la historia de Francisco le pertenece.

Ignacio Hurban (parado con buzo verde) en “Música por la Identidad” en San Fernando. 2010

B) Ignacio Hurban va a una muestra de fotografía. Se llama “Ausencias” y es del fotógrafo Gustavo Germano. El artista toma una foto previa a la dictadura militar y la reproduce, treinta y pico de años después, en el mismo lugar, pero esta vez con la ausencia visible del que ya no está. La que más le llama la atención a Ignacio es la del propio fotógrafo. La imagen muestra a cuatro hermanos en 1969 y a tres en 2006. La muestra lo impacta. Vuelve a su casa en Olavarría y compone una canción. La titula “Para la Memoria”.

C) Celeste está sentada frente a una computadora. Abre el photoshop. Copia una foto de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto y, al lado, pone una de su novio Ignacio. Dibuja flechitas en los rasgos de la cara que veía parecidos. Muy parecidos.

D) Una tarde, Ignacio y Celeste están viendo tele. Le hacen una entrevista a Estela de Carlotto. Ignacio le comenta a Celeste que “pobre mujer”, que nunca va a encontrar al nieto, que le da mucha pena que se muera sin abrazarlo.

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La estancia Los Aguilares queda en el límite entre Olavarría y Azul. El poblado más cercano está a 20 kilómetros. Son 600 hectáreas que le pertenecen a Francisco Aguilar, un hombre de buena posición económica, con vínculos con la Sociedad Rural de Olavarría, casado con Susana Mozotegui, también de familia acomodada. Tienen tres hijos. Los Aguilar no van mucho a su campo.

Clemente Hurban y Juana María Rodríguez de Hurban son los caseros. En el campo no hay ni luz, ni agua, ni gas. A Clemente le pagan un sueldo básico menor al del convenio de trabajadores rurales. A Juana no le pagan nada. La casa de los patrones tiene cuatro habitaciones, un living con hogar y una biblioteca muy grande. La casa de los peones es un rancho de barro con revoque, tiene dos habitaciones, una cocina y un baño muy chiquitos. Juana no puede quedar embarazada.

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Es 2 de junio de 1978, hace frío y es de noche en La Plata. En el auto de Francisco Aguilar viajan Clemente y Juana. Francisco estaciona en una esquina. Otro auto estaciona en paralelo. Baja un hombre y le entrega a Juana un bebé. Esa noche Francisco, Clemente, Juana y el bebé duermen en el Hotel Savoy de esa ciudad. Al día siguiente, los cuatro vuelven a la estancia Los Aguilares.

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Es agosto de 1977. Esa noche, Laura y Walmir o Rita y Lalo están en un departamento de Buenos Aires. Esa noche saben que puede ser la última, como la anterior o la siguiente. Laura Carlotto y Walmir Montoya (o Puño, como le decían de chiquito) se conocen hace pocos meses. En el departamento hay sólo una cama matrimonial.

puño

Puño nació en Cañadón Seco, una localidad al norte de la Provincia de Santa Cruz. Su padre, José, era peronista. Además era músico y tocaba el saxo en la orquesta de YPF. Su madre, Tenchi, era maestra y de origen radical. Unos años después nacerá Jorge. De adolescente, Puño tenía una banda que se llamaba “Nosotros”. Eran tres. Él tocaba la batería. Era músico como su papá. También hizo un curso de aviación y se convirtió en piloto. Después de pasar por el servicio militar, en el 73, Puño ya no era el mismo. Comenzó a ver y sentir la desigualdad, empezó a juntarse en la casa de una familia peronista del pueblo, los Luna, donde se hablaba de política.

Puño empezó a militar en Montoneros y junto a otros compañeros del sur viajó primero a Bahía Blanca y después a La Plata. Ya clandestino, pasó unos meses en la casa de los hermanos Cugura -el Chamaco y el Negro- que se convirtieron en sus referentes políticos. Los hermanos tenían cargos importantes en la conducción de la columna 27.

Laura

Laura Carlotto nació en La Plata. Su papá, Guido, tenía una pinturería. Su mamá, Estela, era maestra. Ambos eran radicales. Unos años más tarde nacerán Claudia, Kibo y Remo. Laura empezó a estudiar historia en la Universidad y a militar en la Juventud Universitaria Peronista (JUP).

Laura se casó con Horacio Fontán, Cascote. En el invierno de 1974, Laura perdió su primer embarazo por un aborto espontáneo. Ese día, Estela la acompañó a la clínica. En la primavera de 1974, Laura quedó embarazada por segunda vez. A los seis meses perdió nuevamente su embarazo. Las cosas comenzaron a ponerse mal con Cascote y se separaron. Laura entró a Montoneros, al área de prensa. El 31 de julio de 1977 la familia Carlotto compartió su última reunión familiar, todos juntos, en la casa de la tía Cota en Buenos Aires. Vieron por TV una pelea de Monzón contra el colombiano Valdez donde el argentino revalidó su título mundial. Laura sabe que ese día su agrupación interferirá la transmisión, comparte esta infidencia con su papá. Laura vive con dos compañeros pero pensaba mudarse con otra pareja amiga, El chamaco Cugura y su esposa.

Todo indica que Laura y Puño se conocen en esa casa. Como ambos están “desenganchados” de la organización, los mandan a vivir juntos, una estrategia común dentro de Montoneros. Tendrían que aparentar ser una pareja. Pero en esos años, la ficción y la realidad se entrelazan hasta en los sentimientos más extremos. Laura queda embarazada. Laura y Puño van a ser papás.

En noviembre de 1977 secuestran a Puño y unas semanas después, a Laura. A él lo matan a sangre fría en un operativo. Su cuerpo es inhumado como NN en el cementerio de Berazategui. Las fuerzas de seguridad inventan que se trató de un “enfrentamiento”. A ella la llevan al Centro Clandestino de Detención de La Cacha. Allí pasa su embarazo en las peores condiciones. Laura le habla a su panza.

El 25 de agosto de 1978 Laura es asesinada.

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Ignacio Hurban tiene seis o siete años. Es inquieto y pícaro. Eso lo lleva a descubrir el secreto de su mamá: en una caja de leña esconde las llaves de la biblioteca de los Aguilar. Cada vez que sabe que Juana no lo va a pescar, hace el mismo ritual. Entra a hurtadillas y se queda embobado con los libros. A Ignacio le llaman la atención los que tienen dibujos en las tapas. Agarra uno con desesperación: Los hijos del Faraón, de Emilio Salgari. Ignacio alucina con las aventuras hasta que llega a agarrar La Isla del Tesoro. Ese se convierte en su libro preferido para siempre. Los padres de Ignacio saben que su hijo entra a la casa de los patrones a leer. Aunque lo retan por meterse donde no debe, quieren que su hijo tenga un futuro fuera del campo.

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Ignacio Hurban tiene seis o siete años. Va a la escuela, a unos veinte kilómetros del campo, en Cerro Sotuyo. La Escuela se llama “Patricias Argentinas” y funciona en una única aula. Toda la escuela tiene en total siete alumnos. En una clase la maestra Mirta les muestra un objeto del que Ignacio se va a enamorar y que le va a marcar su vida para siempre. Un tocadiscos. Ignacio escucha un disco por primera vez en su vida, escucha las marchas de la bandera. Ignacio no lo sabe, pero el amor por la música lo lleva en la sangre.

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Ignacio Hurban ya tiene 12 años. Con la escuela va a un baile en el Club Social y Deportivo Colonia San Miguel. Allí suena la banda Aldaba: dos teclados, dos guitarras que tocan los temas del momento. Ignacio flashea. Le pide a su mamá tomar clases de piano. Lo mandan a estudiar con Omar, uno de los dos tecladistas de Aldaba. Ignacio va dos veces por semana y la clase sale 10 australes, que los Hurban pagan con mucho esfuerzo, y eso implica que no pueden ni llevarlo ni traerlo, porque no hay plata para la nafta. Entonces Ignacio agarra su bici y va 15 kilómetros de ida, 15 kilómetros de vuelta.

A la cuarta clase, Juana lo encara a Omar, le pregunta si su hijo es bueno en la música, si tiene capacidad. Omar le dice que sí. Entonces van juntos a Casa Silvia, el negocio de electrodomésticos de Olavarría y le compran a Ignacio su primer teclado. Como en Los Aguilares no hay luz eléctrica, el piano lleva seis pilas Duracell. Esas pilas tienen que durar un mes, así que Ignacio raciona el tiempo. Toca 15 minutos por día, todos los días.

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Ignacio ya tiene 18 años. Quiere estudiar música. Decide irse de su pueblo natal con todo lo que eso significa para él. Se instala en Avellaneda, en Provincia de Buenos Aires, y entra al conservatorio de música. Ignacio piensa en grande, quiere ser alguien, quiere ser músico.

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Foto: Anabela Gilardone
Foto: Anabela Gilardone

Estela de Carlotto es presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Busca a su nieto Guido, el hijo de Laura. Recorre el mundo. Toca todas las puertas. En junio de 1996 su nieto cumple 18 años. Ella le escribe una carta:

“Hoy cumples 18 años y quiero contarte cosas que no sabes y expresarte sentimientos que no conoces. Tus abuelos formamos parte de esa generación que asigna a cada fecha un valor especial y singular.
El nacimiento de un nieto es una de esas fechas. El bautismo (o no), los primeros pasos, la comunión (o no), la caída del primer diente, el jardín de infantes, el delantal blanco y el pedido de: abuelita “enséñame las tablas”. Son momentos que trascienden. Por eso esta fecha, en que cumples 18 años pasará a ser especial y singular como todas las otras que no pudimos vivirlas contigo.
Porque te robaron de los brazos de tu mamá Laura a las pocas horas de nacer, en un hospital militar, esposada, custodiada, para luego furtiva y arteramente robarte para un destino incierto. Estarás creciendo en tus soñadores y bellos 18 años con otro nombre, Guido. No es tú papá y tú mamá los que festejen contigo el ingreso a la adultez, sino tus ladrones
Lo que no se imaginan es que en tu corazón y tu mente llevas, sin saberlo, todos los arrullos y canciones que Laura, en la soledad del cautiverio susurró para ti, cuando te movías en su vientre.
Y despertarás un día sabiendo cuánto te quiso y te queremos todos. Y preguntarás un día dónde puedo hallarlos. Y buscarás en el rostro de tu madre el parecido y descubrirás que te gusta la ópera, la música clásica o el jazz (¡qué antigüedad!) como a tus abuelos. Escucharás Sui Generis o a Almendra, o Pappo, sintiéndolos en lo profundo de tu ser porque así lo sentía Laura. Despertarás, querido nieto, algún día de esa pesadilla, y nacerás para tu liberación. Te estoy buscando”.
Te espero. Con mucho amor. Tu abuela Estela”.

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Jorge Montoya va a un encuentro de teatro en Trelew. Una persona se acerca, pero él no recuerda quién es. Le da una noticia que lo impacta. Le dice que su hermano Puño tenía una novia y que ella podía estar embarazada. Jorge no sabe qué hacer con esa noticia, pero la comparte con su prima Mirta. Prefiere por ahora no decírselo a sus padres. No les quiere crear falsas expectativas. Jorge pasa muchos años recorriendo las provincias buscando los rastros de su hermano y de su posible sobrino. Incluso va de una espiritista.

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Es el año 2001. Ignacio se da cuenta de que le resulta muy difícil vivir de la música. Con un amigo del conservatorio se ponen una especie de empresita en la que arreglan cosas: persianas, aires acondicionados. Ignacio trabajaba muchísimo pero no le alcanza. Está en absoluta crisis con la música. Los profesores con los que quiere estudiar no puede pagarlos. Ignacio muchas veces no tiene para comer.

Una noche está tocando el acordeón en un restaurante, con una banda que tiene. Ese día no había comido en todo el día porque contaba con la única plata que le darían después del show. Mientras toca, un comensal se mete un bocado de milanesa en su boca. Ignacio lo mira, se distrae, y no puede hacer su solo de acordeón. Ese día decide volver a vivir a Olavarría, con todo lo que eso implica para él.

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Es el año 2005 y la prima de los Montoya, Mirta, viaja a Buenos Aires por un asunto personal. Hay una idea que le da vuelta en su cabeza hace años: La existencia del hijo de su primo Puño. Mirta lo llama a Jorge con la decisión tomada.

“Voy a ir a Abuelas a hacer la denuncia”. Cuando vuelve a Santa Cruz, Mirta le cuenta todo a sus tíos Tenchi y José, los padres de Puño. Tenchi se pone a llorar “¿Y cómo lo vamos a encontrar?”.

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Es el año 2006 y Jorge Montoya recibe un llamado. Es Remo Carlotto. Le dice que todo indica que su hermano Puño podría ser el padre del hijo de Laura, su hermana. Jorge comparte esa información con sus hijas, su madre y su prima Mirta. Con nadie más.

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Es el año 2014 y la vida se convierte en una tómbola.

Porque muere Francisco Aguilar el dueño del campo, Celeste se entera el día del cumpleaños de Ignacio por una compañera de trabajo que Ignacio es adoptado, que eso lo sabe todo Olavarría pero que nunca dijeron nada pero que es un secreto a voces, que Ignacio puede ser hijo de desaparecidos porque Aguilar es un tipo con vínculos con los militares. Que Ignacio toma la decisión y se saca sangre y que a los pocos meses recibe un llamado de la Presidenta de la Conadi, que en realidad es su tía Claudia Carlotto, y que llorando a moco tendido le dice que el análisis determinó que es hijo de desaparecidos, que en verdad es el nieto de Estela, y que es su sobrino. Y en la televisión comienzan las placas de URGENTE y que Estela Carlotto encontró a su nieto, que apareció Guido y ahí las redes sociales estallan y la Jueza Servini de Cubría dice en una entrevista que el nieto de Estela se llama Ignacio Hurban y ahí todos abren Google y ponen el nombre de Ignacio Hurban y ahí salta que Guido es igual a su papá y que también se parece a Estela y que es músico y que tiene una canción que se llama “Para la Memoria” y que qué suerte que tiene Estela que Guido es del palo, que seguro que va a estar contento de ser el nieto de Estela.

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Foto: Joao Pigna
Foto: Joao Pigna

Es 24 marzo de 2016. Ignacio va a ser papá de Lola. Celeste tiene una panza enorme. Ignacio no quiere contar la historia de cómo le contó a su abuela Estela que iba a ser bisabuela. Dice que esa historia se la guarda para él, pero que es muy graciosa.

Hoy está en Buenos Aires para participar de la marcha por el 40 aniversario del Golpe Militar. Seguramente tendrá un ejército de flashes encima y la gente murmurará “Mirá, ahí está el nieto de Estela”. Ignacio, el nieto, decide no dar entrevistas en el día de hoy. Lo llaman todos los periodistas, de todas las radios y diarios: su voz es como una figurita perfecta para el aniversario del Golpe. Pero él dice que no, que no va a dar notas el 24 de marzo. Que Ignacio, el nieto, no se siente con esa autoridad. Ignacio, el músico, estuvo ayer en Córdoba tocando con su trío y mañana estará en Berazategui con su septeto. Ignacio, el nieto, dice que es muy difícil estar en sus zapatos y que cada vez más quiere ser Ignacio, el músico. Pero sabe que eso es una tarea difícil. Porque Ignacio, el nieto, penetró en el corazón de todos los argentinos y es un símbolo del amor, del encuentro, de la lucha, de la militancia. Sabe que en sus hombros lleva una mochila pesada, que cada vez pesa menos, pero que nunca va a dejar de pesar. Ignacio es nieto y es músico. Es ambas cosas. Y es ambas cosas porque sabe la verdad, su verdad.

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