Compartir

Lucas Gómez tiene hoy 26 años. Hace cinco, terminó sus estudios secundarios en el bachillerato popular Ñanderoga del barrio Las Flores, en Vicente López, donde vive. Un lugar al que llegó después de ser “expulsado” de diferentes escuelas tradicionales, pero no por su mala conducta, sino porque el sistema educativo oficial no supo contenerlo cuando el joven atravesaba graves problemas familiares. Llegó al “bachi” arrastrado por su mamá, pensando que al poco tiempo iba a volver a abandonar sus estudios. Nunca pensó que no se iría más: empezó a militar en la organización social de la que nació el bachillerato, se enamoró de una compañera con la que hoy tienen una niña de cuatro años, y se convirtió en uno de los referentes del barrio, donde ahora busca llevar adelante un proyecto de radio comunitaria.

Como Lucas, son muchos los vecinos del barrio que, tras pensar que nunca iban a terminar el secundario, hoy ya tienen un título o están cursando en Ñanderoga, un bachillerato para adultos que desde hace ocho años espera ser oficializado por la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires.

“Empecé y me di cuenta enseguida que todos tenemos algo que aprender y que todos sabemos algo para enseñar”, dice Lucas, y cuenta lo sorprendido que se sintió cuando entró a clase y vio que estaban todos en ronda, que había dos profesores al mismo tiempo, que había mate y cosas ricas para comer y compartir, y que cualquiera podía hablar y dar su opinión sin ser objetado.

En clase conoció a su actual pareja, Agustina González, también vecina del barrio. Agustina empezó colaborando en Ñanderoga desde antes de que se lanzara el “bachi”, ayudando en el comedor comunitario de la organización y dando clases de baile para niños, una tarea que mantiene a pulmón hasta el día de hoy. “Después de que empecé el ‘bachi’ se sumaron mis hermanos, una de ellas terminó en 2013, otros dos están cursando”, relata Agustina.

Ñanderoga2
En el “bachi” cuidan a los niños mientras sus papás y mamás están en clases. Foto: Guillermo Pardo

El efecto contagio en la familia suele ser habitual. Como Mariana Dorado, de 44 años, que acaba de comenzar tercer año del bachillerato luego de ver el entusiasmo de su hija Noelia, de 25, que se recibió el año pasado. “La veía a Noelia volver contenta, contando de las clases y las asambleas, siempre me invitaba a las actividades que se hacían en el lugar, y al final me re enganché”, cuenta Mariana. “Al principio era re callada, me daba miedo decir algo por no saber; cuando teníamos clases de matemáticas transpiraba, como si tuviera fobia… Ahora me tienen que hacer callar, siempre estoy aportando algo”, agrega, y se ríe.

Noelia afirma con la cabeza: “Yo también tenía miedo o vergüenza, hasta que me di cuenta que en el aula nada de lo que diga alguien está bien o mal, simplemente es su opinión, lo importante es participar”. La joven llegó al bachillerato luego de repetir primer año en otras escuelas de la zona. “Lo primero que me llamó la atención fue que en el acto de comienzo de clases todo el que quería podía pasar a izar la bandera, un poquito cada uno. Yo nunca había tenido esa oportunidad, aquí lo hice todos los años”, cuenta. Y agrega que, además, al bachillerato pudo asistir con su hijo, un tema que en otras oportunidades le complicaba la asistencia a clases.

Otra de las características del “bachi” es, precisamente, su inclusión: que no haya nada que impida al estudiante asistir a clase. “Los bebés asisten con sus mamás al aula, los demás se quedan en un espacio para niños que surgió de la propuesta de una de las alumnas que tiene tres niños”, explica Gastón Luis, uno de los “profes” del bachillerato. “Es una educación más inclusiva, transformadora, al servicio de la lucha y de la transformación social”.

Este año, la matrícula de estudiantes superó todas las expectativas: hay 42 anotados en primer año y 10 en lista de espera.

La pelea por la oficialización

Ñanderoga es uno de los dos bachilleratos de Zona Norte, junto a Proyecto Uno, de Pacheco,que vienen luchando por su oficialización desde hace siete años. En octubre pasado, ambos recibieron por parte del gobierno bonaerense un trámite intermedio que les permite a los educadores tener algunas horas docente. Es decir, les da un marco de legalidad. “Nos ofrecieron ser una extensión de otro bachillerato que sí está oficializado, pero no obtuvimos aún el trámite que nos convertiría en CENS (Centro Educativo de Nivel Secundario para adultos). Esa lucha la continuaremos, pero ya es un gran logro para los educadores y vecinos del barrio”, señala Paula Ordoñez, coordinadora del bachillerato.

Dejar una respuesta